La Orden debe promover la justicia también con el estudio de las causas y medios para cambiar la situación
Fr. Vincent de Couesnongle

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Sentido religioso de la naturaleza y misión

Es imprescindible descubrir el sentido religioso de la naturaleza, para hacerse bien consciente de la propia corporeidad que vincula la persona a toda la creación. En las mochilas misioneras no encontrarás el instinto de poder, sino el afán de servicio.

Quien va a la misión posee un estilo de vida propio, caracterizado por una visión del mundo totalizadora; con un modo peculiar, por fraterno, de tratar a los otros, a la naturaleza, a todas las cosas que hay en ella. Por ello, no puede permanecer indiferente al tema ecológico. Todo lo contrario, debe tomar parte activa en él, ofreciendo y siendo testigo de una cultura alternativa que, caminando hacia la inculturación, se caracteriza por una serie de notas propias exigidas por ser misionero.

El camino hacia la inculturación necesariamente le exigirá descubrir el sentido religioso de la naturaleza, no para adorarla y sacralizarla, sino para ver en ella la presencia de su autor. Y lejos de romanticismos emocionales, hacer patente las raíces que vinculan la naturaleza, en la que se encuentra y que le rodea, con su propia persona, y con Dios que creó a ambos. Como dice el documento final de la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la Región Panamazónica: “Se trata de vivir en armonía consigo mismo, con la naturaleza, con los seres humanos y con el Ser Supremo, ya que hay una intercomunicación entre todo el cosmos, donde no hay excluyentes ni excluidos, y donde podamos forjar un proyecto de vida plena para todos” (n.9).

Al apreciar esos bellos y armónicos acordes, el misionero, al contrario que el manipulador que explota hasta la ruina la naturaleza, se convierte en el espectador del bello poema que la Trinidad dejó impresa en el mundo con infinitos signos, referencias y resonancias. El papa Francisco así lo reconoce y en su “Sueño Ecológico” de la Exhortación Apostólica Postsinodal “Querida Amazonía”, dice: “la sabiduría de los pueblos originarios de la Amazonía inspira el cuidado y el respeto por la creación, con conciencia clara de sus límites, prohibiendo su abuso. Abusar de la naturaleza es abusar de los ancestros, de los hermanos y hermanas, de la creación, y del creador, hipotecando el futuro" (n.42)

Es imprescindible descubrir ese sentido religioso de la naturaleza, para hacerse bien consciente de la propia corporeidad que vincula la persona a toda la creación. El misionero y la Madre tierra en que desenvuelve su vida constituyen ambos un sistema vital, que le hace consciente de que lo que le ocurra a él, incide en el mundo; y que todo lo que acaezca en la naturaleza, le repercute a él. A ello se refiere el “buen vivir” cuando en la exhortación “Querida Amazonía” dice en el n. 71: “el “buen vivir” implica una armonía, personal, familiar, comunitaria y cósmica, y que se expresa en su modo de comunitario de pensar la existencia, en la capacidad de encontrar gozo y plenitud en medio y una vida austera y sencilla, así como en el cuidado responsable de la naturaleza que preserva los recursos para las siguientes generaciones".

Partiendo de la conciencia de esa vinculación, cualquier persona se torna ecologista, y sin necesidad de ser catastrofista acusará con todo rigor y claridad el gran deterioro de amplias zonas de la Amazonía; así como de los mares, ríos, y montes; la desaparición de especies animales; y la abusiva explotación de empresas privadas multinacionales que, como algunas agrícolas utilizan elementos químicos de consecuencias irreparables. En esta línea dice la exhortación Querida Amazonía: “los daños a la naturaleza los afecta (a los indígenas) en un modo muy directo y constatable, porque -dicen-: somos agua, aire, tierra y vida del medio ambiente creado por Dios. Por lo tanto, pedimos que cesen los maltratos y el exterminio de la Madre tierra. La tierra tiene sangre y se está desangrando, las multinacionales le han cortado las venas a nuestra Madre tierra". (n.42)

Si hablamos de armonía cósmica, démosle su pleno sentido, pues no se trata de palabras grandilocuentes que embellecen los textos, sino de realidades de redención, promesas de Dios y de su Reino. Dice el profeta Isaías: “Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño será su pastor. La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán en sus crías, el león, como los bueyes, comerá paja. Hurgará el niño de pecho en el agujero de áspid, y en la hura de la víbora el recién destetado meterá la mano. Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo Monte, porque la tierra estará llena del conocimiento de Yahvé, como las aguas colman el mar.” (Is 11,6-9) y esta visión utópica del profeta debiera de ser proyecto de quien se acerca a la misión. La paz, promesa divina, no admite límites y el mensaje de la paz y su quehacer por todos los hombres tiene que ir vinculado a la consecución integral de la misma, esto es: para todos los seres de la creación, superando todo tipo de violencia para con la naturaleza.

La creación de necesidades, tan propia de la sociedad consumista que envuelve a los ricos países norteños, vista a la luz del sentido religioso de la naturaleza, no solo se ve como la gran injusticia social que es, sino como una gran herida sangrante infligida a la Madre tierra, envenenada por detritus industriales, deforestada por explotaciones agresivas, sobreexplotada en monocultivos y un largo etcétera. La misión, por el contrario, es testimonio de frugalidad. En las mochilas misioneras no encontrarás el instinto de poder, sino el afán de servicio; ni el dominio sobre las cosas, sino su uso y cuidado; ni deseos antojadizos, sino escasas necesidades; no encontrarás nada que “descartar”. Debemos de cambiar nuestra relación con las cosas de manera que la felicidad consumista la sustituyamos por la felicidad personalista.

Necesitamos cultivar el sentido religioso ante la naturaleza y la creación; precisamos esa nueva cultura ecológica integral que postulaba el papa Francisco en su encíclica Laudato SI’ para tratar correctamente a todas las criaturas y lograr una gran fraternidad cósmica. Ama las huellas del Hacedor de la naturaleza para amarle a Él, amarás entonces a la naturaleza y serás consciente de tu morada en ella y te acercarás cada vez más a ella por el camino de la conversión y de simpatía.

Recemos, pues, como dice el papa Francisco:

Señor Uno y Trino,
comunidad preciosa de amor infinito,
enséñanos a contemplarte
en la belleza del universo,
donde todo nos habla de ti.
Despierta nuestra alabanza y nuestra gratitud
por cada ser que has creado.
Danos la gracia de sentirnos íntimamente unidos
con todo lo que existe.
Amén

Fr. Francisco L. de Faragó Palou, op
Director de Selvas Amazónicas - Misioneros Dominicos
 



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